Febrero - Edgar Allan Polla

EL CUCHILLO Y SU HISTORIA

Ella siempre me miraba, me fregaba con sumo cuidado acariciando con el estropajo mi peligroso filo. Yo la miraba con el horror de quien sabe que no ha nacido solo para cortar rodajas de pan o alguna que otra escarola.

La miraba porque notaba hervir en ella un sentimiento que podría desembocar en un uso de mí que se alejaba de las tareas culinarias.
Yo era el cuchillo más grande de la casa, al que se recurría cada vez que el jamón se quedaba duro o cuando había que trinchar un buen pedazo de carne.

A veces notaba la fuerza de su mano presionado el mango, casi siempre aflojaba y me dejaba tirado en la encimera, luego me recogía y me volvía a introducir en el cuchillero sin darme más importancia.

Era hermosa cuando dejaba caer su rostro reflejado en mí, era hermosa hasta cuando el color púrpura dominaba su cara, cuando sus ojos se tornaban de tonalidades distintas según su estado de ánimo.

Pude ver el cambio en ella, día tras día. Cuando estaba sola parecía una persona tranquila, hacía sus quehaceres sin prisa, acompañándose de alguna melodía radiofónica y alguna vez hasta la oí tararear alguna de esas viejas canciones.

Pero cuando llegaba la tarde empezaba a inquietarse, el movimiento dentro de la casa cambiaba y la actividad en la cocina se volvía frenética.

Se esforzaba mucho para que cuando él volviera encontrara todo a su gusto ya que de no ser así tendría graves problemas.
Cuando entraba por la puerta temblaba tanto que al darle un beso, sus labios se volvían ondas como las que hace el agua al lanzar un trozo de piedra y sus palabras vibraban al unísono con aquél forzado movimiento.

El nunca estaba contento y la gritaba por todo, tiraba al suelo la comida que con tanto esmero había preparo durante horas y la obligaba a volver a cocinar algo que fuera decente.

Al terminar de cenar solía lanzarse sobre ella mientras fregaba y yo volvía a sentir la fuerza de su mano en mi empuñadura mientras él la agarraba por detrás.

Cuando ella mostraba una actitud esquiva o intentaba librarse de él explicándole que estaba dolorida por los golpes, él se ofuscaba tanto que me sacaba del fregadero y apuntaba mi filo sobre su garganta.

Yo no podía soportarlo, el contacto con su piel me ponía enfermo, no quería que aquél ser tan repugnante me usara a su antojo, no quería que la hiciera daño conmigo, por lo que no me quedó más remedio que hablarle. Esa noche no se si yo logré convencerle o fue la actitud de sumisión que mostró ella al sentirse apuntada, el caso es que me tiró al suelo y volvió a golpearla hasta que calló por su propio peso.

Nos quedamos en el suelo, allí los dos tirados, tenía la mirada fija en un punto muerto, abstraída, sus ojos estaban llenos de una locura que no había visto antes y confieso que sentí pena y miedo. Después de un rato se levantó y sin más me volvió a dejar en el fregadero.

Al día siguiente la vi muy ausente, como si en su cabeza se estuviera elaborando una venganza, un plan maestro. Sacó una caja de somníferos del bolso y empezó a cortarlos con el cuchillo corto. Pobre cuchillito, él no sabía nada de la vida de esta gente, era nuevo en casa, ¿qué podía sospechar?

Cuando él regresó a la casa ya era de noche, ella le estaba esperando en el salón con la radio encendida, le preguntó si le apetecía tomar algo antes de cenar dado de que era viernes, él aceptó su invitación no sin antes lanzar alguna que otra ironía.

Volvió a la cocina para llenar su vaso de whisky con somníferos, lo llenó hasta arriba para asegurarse durante unas cuantas horas.
Después de un tiempo largo empecé a oír voces, gritos de ella, de él. Parece que había conseguido maniatarle con el fin de hacerle más de una faena y luego escaparse.

Él lejos de sentirse víctima, no dejaba de amenazarla. La histeria se contuvo un momento y dejé de escucharlos. De repente ella volvió a la cocina a por un poco de agua y cuando se dio la vuelta, él estaba apoyado en el marco de la puerta luciendo una mirada iracunda y una sonrisa burlona.

Recuerdo que me agarró con una fuerza jamás vista en ella, pude sentirla desde la empuñadura hasta el filo. Me sostuvo durante unos segundos miedosa e indecisa, pero cuando vio que se echaba encima, me hundió en él sin dudarlo y no paró hasta que mi filo le dejó quieto y callado.

Caí al suelo y todo era sangre, eso es lo único que recuerdo…lo demás son retales opacos que vuelven a mí de vez en cuando. Como la imagen de ella hundiéndome, convirtiéndose en eso que tanto odiaba.